Estudiar en el extranjero

A mi Familia Erasmus

Tras unas cuantas publicaciones sobre ciudades y países que visitar, creo que ya sabéis que gran parte de las publicaciones que tiene o que tendrá el blog, son de los viajes que realicé durante mi Erasmus en el curso 2014/2015.

Y es que, todavía no he dedicado un post a una de las cosas más importantes de ese gran año, de esos 10 meses que son imposibles de olvidar.

Lo cierto es que todo el mundo tiene una vaga idea de lo que es un Erasmus. Y digo vaga idea, porque no se sabe lo que es hasta que se vive.  Un estudiante de movilidad en otro país, crea unos lazos de amistad tan fuertes como lazos familiares.

Si bien es cierto  que te cambia la vida, también es verdad que ninguna movilidad de estudios es comparable, ya que en cada una, en cada año, las cosas son completamente diferentes: ni mejores, ni peores, simplemente diferentes.

A las puertas del primer aniversario del final del Erasmus, son muchos los recuerdos que me vienen a la cabeza sobre el día a día en la residencia, las fiestas de la universidad, los trabajos a entregar de nosotros (estudiantes de marketing) y de las maquetas de los arquitectos, de las tardes en el río, de las caóticas noches en las que todos decidíamos (sin proponérnoslo) cocinar a la misma hora y llenar la cocina. Tampoco se pueden olvidar los cumpleaños, los viajes, los festivales de las universidades, las visitas que teníamos, las reconstrucciones de la noche anterior, las grandes historias que sucedieron en el corridor (o en el balcony), y como no, las despedidas.

Es algo difícil de describir con palabras, cuando estudiantes de tantos países de Europa, deciden pasar un año de su vida en una ciudad, en otro país, lejos de su casa, y te das cuenta de que no importa la edad, ni qué estudiemos, ni de dónde venimos, ni las tradiciones, ni el idioma, porque realmente lo que importa  es que están donde quieren estar, y por tanto, son felices a niveles máximos y de forma permanente.

Dicen que es duro irse fuera, pero que aún más lo es volver a casa. Y es verdad.

Hoy, desde el primer día de julio del verano pasado hasta ahora, me he dado cuenta de lo importante que fue todo ese año, y de lo poco que he podido daros las gracias.

Gracias por hacerme (hacernos) sentir como en casa, a pesar de estar tan lejos de ella. Ahora no puedo considerar más hogar que el simple hecho de estar con vosotros, que ningún otro sitio.

Gracias porque cada día, le hemos demostrado al mundo que las fronteras no están hechas para nosotros, en términos de amor y amistad, y que podemos con eso y con más. El mundo ya no es tan grande.

Gracias por demostrar que la distancia no es el olvido, que los amigos son la Familia que se escoge, pero que nosotros fuimos escogidos por el Erasmus para ser Familia.

Gracias a todos, y cada uno de vosotros, por cada viaje, cada noche de fiesta, cada cena, cada Soproni en el blondes (Üveges), botella de vino y pálinka, por cada szerda en Lapos y Bridge, cada cumpleaños, cada celebración, cada anécdota, cada recuerdo, cada atundecer, cada nevada, cada comida en el barco, cada foto, cada vídeo, cada canción, cada Jó Nekem, cada tatuaje, cada rasta, cada pigeon, cada ember, cada palinka linka, cada party people, party people people people, cada I I follow, I follow you cada carcajada, cada lágrima, cada abrazo, cada despedida, cada discurso de agradecimiento.

Gracias por cada mano en esa pared (vosotros sabéis de que hablo).

Gracias por convertirnos en mejores personas.

Muchísimas gracias por cada meeting a lo largo del año post-Erasmus, demostrando que las mejores familias (la nuestra, la mejor) y que los grandes amigos, siempre vuelven a verse.

Y sobretodo, gracias por hacer que una parte de mí se quedara con vosotros y en nuestra Segunda Casa, porque si no fuera por todo lo que hemos vivido esos 10 meses, no tendría nada que escribir en este blog.

Gracias, Familia, por inspirarme, cada día.

Recordad que hemos cambiado a mejor, que somos mucho más fuertes, y que pertenecemos a algo nuevo.

Os llevo en el corazón, y en la piel.

Y como dijo Allan Rickman (versionando un poco las cosas):

Cuando tenga 80 años, estaré sentada en mi casa viendo las fotos del Erasmus. Y cuando mis hijos me pregunten “¿después de todo este tiempo?”, les contestaré “Siempre”.

Que allá donde vayáis, lo mejor esté con vosotros.

örökre

 

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